A principios de los setenta, la irrupción de Mariano Peláez en el mundo artístico madrileño constituyó una agradabilísima sorpresa. Por inesperada, primero; y por esperanzadora, después.

Ejemplo de seguridad en sí mismo, de constancia, de firmeza y de paciencia, el pintor pasó largos años laborando en la quietud del estudio, robándole horas a la convivencia familiar y al disfrute del ocio para sufrir y regocijarse en la callada labor de buscar formas pictóricas que no habría de enseñar a nadie hasta estar completamente seguro de que eran las apropiadas. Fuerza de voluntad (la suya) nada frecuente en tiempos (los nuestros) en que lo que prima es el querer asomarse a la galería pública tan pronto como se pinta un cuadro o se modela un leño.

Este honroso ejemplo de autodidacto, si tal puede decirse de un ingeniero técnico industrial que ha visto mucha pintura, se justifica una vez más analizando su currículo.

Dibuja desde niño. Decide ser pintor cuando, en la juventud, vio a un vecino suyo pintar un diablo en tonos muy subidos de color. La Incivil (1936-39) le lleva al frente, donde cura los males de la guerra dibujando. En tiempos de victoria, que no de paz, acaba la carrera de ingeniero técnico industrial y la obligación de ganarse la vida en algo le mantiene trabajando hasta que se jubila antes de tiempo (y sin mirar la peseta) para dedicarse de lleno a la gran pasión de su vida, que no es otra que la pintura.

Celebra su primera exposición en 1961, en la madrileña Sala Alcón; es decir, a los 41 años. Edad ésta más que granada en la que ya se empieza a estar seguro de muchas cosas. En 1968, expone en la Sala El Greco, en Montreal; en 1970, en la Sala Macarrón; y, en 1972, en Galería Fauna's, ambas en Madrid.

De estas fechas data nuestro primer encuentro, que luego se prolonga en las exposiciones que el pintor madrileño realiza en 1973 en el Museo de Bellas Artes de Bilbao; y, en 1975, en Galería Frontera, Madrid y en el Museo Solana, Queveda, Cantabria.

Peláez sorprende entonces, y sigue sorprendiendo hoy que cuenta en su haber con codiciados premios (la Medalla en el VII Salón de Pintura de Montaña (Madrid, 1960); 2ª Medalla en el XXXII Salón de Otoño (Madrid, 1961); Medalla de Plata en el Salón de Arte de Puertollano (1964); Segundo Premio en el Concurso de pintura REPESA (Madrid, 1966); 1er Premio de Pintura Alonso Cano de la Caja de Ahorros de Granada (1968); Premio Nacional de Pintura en el Concurso Nacional de Bellas Artes (Madrid, 1969); Medalla de Honor del Premio BMW (Madrid, 1987,1990 y 1991). Y si sorprende es porque, hoy como ayer, tiene una idea romántica de la pintura que le insta a pintar siempre que le place —que es todos los días— con plena independencia, haciendo aquello que realmente le gusta y no lo que le dicta la necesidad de pintar para vender.

El madrileño pinta porque pintar es lo suyo, una verdadera necesidad biológica, algo buscado, querido, perseguido, abrazado; que después se venda, o no, lo pintado es cuestión tangencial, aunque bien es cierto que el hecho (por doblemente remunerador) no habrá en absoluto de disgustarle.

Lo primordial en él es realizar un arte no comprometido con las modas, sino plenamente inspirado en los modos, que son eternos.

Peláez se inspira en los clásicos, en los pintores que han ganado el favor de la inmortalidad de los Museos. A propósito de su obra, Faraldo invocó, no por el gusto de invocar, tres nombres: Goya, Tolouse y Daumier. De todos ellos, el español es la referencia más segura. Peláez ha aprendido la tremenda lección del «desgarrado realismo» del maño y, tras pasarla por el cedazo de su exquisita sensibilidad, ha acuñado un modo de hacer que niega toda posible influencia y presenta unos caracteres propios insoslayables.

«La pintura de Mariano Peláez —escribe José Hierro— se diría hija de Goya y del modernismo. Este matrimonio, ese mundo goyesco visto a través de las vidrieras encendidas del art nouveau, da origen a una pintura que nos hace recordar al expresionismo nórdico, a la oveja negra del esteticismo».

Por nacimiento, por convencimiento y por dicción, la pintura de Peláez es medularmente ibérica, reciamente enraizada en el s. XIX. Segura en el dibujo, premeditadamente desfigurado para limarle toda arista preciosista; oscura, grave y austera en la entonación, que huye de los colores puros y brillantes para no deslumbrar; decididamente comprometida en su composición, que narra sin recurrir al grito o a la extravagancia.

Todo lo cual concuerda fielmente con la manera de pintar de los miembros más tradicionales de la Escuela de Madrid, aunque Peláez siempre es más tinto, más oscuro, más tenebrista.

La obtención del Premio Nacional de Pintura en el Concurso Nacional de Bellas Artes (Madrid, 1969) le da aviso de que está en el buen camino y de que hora va siendo de retirarse de los concursos; necesarios en un determinado momento, pero contraproducentes cuando amenazan con torcer o condicionar el modo.

Mariano Peláez recibe, a primeros de los 70, el respaldo de tres firmas de peso: Joaquín de la Puente, José Hierro y Ramón Faraldo. A aquél debe una orientación salvífica: la utilización de manchas para lograr formas. Ramón Faraldo le convoca a pintar desde el sueño. Hierro le brinda el aliento poético.

La firma de un contrato profesional con Agustín Rodríguez Sahagún le sitúa en el mejor de los mundos posibles. Él, que no sabe vender su obra, se reconoce libre para pintar sin importarle la promoción, que deja al buen arbitrio de quien más sabe de eso en ese momento en Madrid. Fruto de este entendimiento es el cuaderno sobre sus dibujos escrito por Joaquín de la Puente y publicado por IEE.

Mariano Peláez concluye la década de los setenta con cuatro notables exposiciones: 1976: Tártalo Arte (Vitoria) y Valle Ortí (Valencia); 1978: Galería Altex (Madrid); y 1979: Galería Sur (Santander).

Para entonces, exhibe ya —como marca de fábrica— una manera de hacer en la que inevitablemente hay un valiente e inusual sustrato de tintas entreveradas y una turbiedad en los tonos que al ojo atento se presentan como desmadejamiento del modo. Pasa el tiempo, y ahí que las tintas ofrezcan calidades terrosas, muy ligadas al ocre y a la tierra tostada. Pero lo que parecía vicio o defecto, Mariano Peláez proclama —sin abrir la boca— que ése es su modo de concebir la pintura: su personalísima cocina, su dicción, la factura por la que desea ser unánimemente reconocido.

En los ochenta, Mariano Peláez menudea las exposiciones. La biografía refleja dos sustantivas muestras en Madrid (1986 y 1989), ambas en Alfama; cerrando la década la muestra que presenta en la santanderina galería Cervantes. En 1987, obtiene su primera Medalla de Honor en el codiciado «Premio BMW», lo que tiene un gran mérito, pues ni Mariano Peláez es pintor de concursos ni su pintura es pintura para concursos.

Para entonces, y pese a su resistencia al viaje, Mariano Peláez ya ha ido a Italia, demorándose en Venecia en el estudio del Tintoretto en la Escuela de San Rocco. Peláez vuelve más convencido que nunca de lo que puede y no puede ser. Su modo se inspira en los maestros del Prado, y, accidentalmente, en los maestros que hacen pintura con argumento. Su pintura parte de una mancha (siguiendo el consejo de Joaquín de la Puente), de la cual se vale para hallar formas. Y en cuanto a la intencionalidad, Peláez se reafirma en la idea que le llevó a pintar: sus cuadros no quieren tener asunto, pero sí motivo, quieren narrar una historia, transmitir un sentimiento humano.

En las exposiciones de los ochenta, muy meditadas, muy serenas, muy bien preparadas, Mariano Peláez manifiesta claramente sus poderes. 1) No es goyesco porque sí, es goyesco porque le sale de dentro. Lo cual se observa tanto en los títulos de sus obras, tan graciosamente inspirados en los candorosos títulos que Goya daba a sus pinturas. 2) No pinta desflecadamente porque sí, pinta desflecadamente porque ese modo de pintar es el que conviene a la vena expresiva que informa su particular visión del mundo, que no tiene nada de ácida y sí mucho de cervantina.

Mariano Peláez encuentra sus personajes en la calle, en los museos y en los sueños, los pasa por su paleta abundante en tierras, blancos y rojos y los presenta sin las exacerbaciones propias del expresionismo nórdico («Un expresionista germánico que pintara con paleta española». José Hierro).

Cuando su pintura se analice con detenimiento habrá que determinar que lo que Mariano Peláez hace es un «expresionismo dulce», que no debe ser interpretado como un expresionismo dulzón ni mucho menos como un expresionismo dulcificado.

Lo que ocurre es que la visión del mundo que tiene Mariano Peláez no es escabrosa, sino tiernamente irónica, delicadamente hiriente. El pintor se encuentra más a gusto con la placidez que con el aspaviento y el grito. Pinta mujeres encerradas en sí, fuertes en su desnudez, plácidamente sentadas junto a una ventana que tamiza una luz por la que ha de entrar el ser amado para el que proclama estar muy preparada. En su obra, paulatinamente hay más y más mujeres que aguardan la llegada de la noche o del amor leyendo un libro, mujeres que dicen preferir las flores o que se llevan la mano al pecho como el manido personaje del Greco. Y por encima de toda su pintura, cuán si se tratara de una piel que la envolviera, se extiende la delgada capa de una lámina de oro. Los ocres, las tierras, los amarillos aquietados, los verdes.... y el blanco, ese color tan peligroso.

Mariano Peláez se demora en sí mismo. No quiere entregarse al fácil recurso de fabricar cuadros. Su secreta intención es mantener siempre viva la ilusión por realizar pintura, por estar en la pintura como en una especie de religión voluntariamente abrazada.

En la década de los noventa, Mariano Peláez reúne fuerzas para volver a salir a la palestra. En 1991, expone en la madrileña «Galería Rafael García»; en 1992, en Cervantes, Santander, y en Espalter, Madrid; en 1993 y 1995, en Espalter, Majadahonda; y en 1998, en El Cantil, Santander. Otras dos Medallas de Honor en el Premio BMW (1990 y 1991) sellan su participación en el ambicioso certamen.

Pensar que en los casi cuarenta años que el pintor lleva en la pintura no se ha producido en ella evolución alguna sería ingenuo. El pintor —que no es de los que llegan por ventura de los cielos, sino a instancias de la voluntad— permanece fiel a sus principios: un fondo muy trabajado, por lo general oscurecido, sobre el cual se recorta la muy precisa forma de una persona, un objeto o un trozo de naturaleza. Pero así como en los setenta esos fondos eran muy accidentados, en los ochenta se abigarran y en los noventa se muestran desnudos de artificio. El pintor se convence de que «en pintura todo lo que no hace falta sobra», y comienza una lenta pero tenaz tarea en la que va descartando todo lo que considera innecesario.

Los fondos de los ochenta conocen un orden superior a los de los setenta. Hay, sin embargo, en ellos algo que debe ser resaltado: Mariano Peláez pinta un tono sobre otro tono montado en otro tono para que los tonos inferiores respiren bajo los superiores dando a su pintura esa especie de efecto motriz que la categoriza.

Otro tanto ocurre con el dibujo, que es más limpio y preciso, más recortado y preciosista. Los desflecados contornos ceden ante la vibrante y exquisita línea que se decanta del fondo por los tonos sabiamente modelados.

Personalmente, esta es la forma de Mariano Peláez que más me atrae; aquella en la que el pintor se enfrena y pinta desde un orden que evoca al Greco, a Velázquez y a Goya. De esta naturaleza es su conocido Bodegón del Pescado, obra en la que hay motivo y sugerencia, realidad y sueño, orden y vibración. Y también: las renovadas versiones que de cuando en cuando ofrece Mariano Peláez de su cuadro La señora con la mano en el pecho, que ora se presenta tamizada por un oro viejo rebañado en verdes ora tachonada por el blanco, el negro y el gris sobre el que campa el rosa más granado o el rojo más encendido.

Que no se hayan percibido las bondades de su espiritualizado retrato del Rey Juan Carlos I prueba que la sociedad se mueve por convencionalismos. Partiendo del Greco, Mariano Peláez ofrece una llameante visión del Borbón que lo aleja del rey con charreteras y lo emparenta con la mítica figura del monarca que —hombre a fin de cuentas— se vuelve al cielo en busca de amparo para gobernar la tropa.  

Antonio Martínez Cerezo
Diccionario de Artistas Españoles